Barth sobre la carga del otro

«Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo.»
Gálatas 6:2 NVI

 

Nadie puede dejar de lado las cargas del otro, ni tampoco las molestias que éste le ocasiona. ¡Ni siquiera le conviene desear quitárselas de encima! «Llevar» significa soportar, aguantar, sobrellevar mutuamente las mutuas molestias. «Llevar» significa hacer uso de la autorización y la posibilidad de perdonarse mutuamente los inconvenientes sufridos.

 

«Llevar» significa comportarse unos con otros de manera amable, no como se hace con las personas viles y malvadas, sino con las personas pobres y enfermas –algo así como lo que es natural entre los pacientes que comparten habitación en un hospital–. Por tanto, «llevar» es lo contrario de la ceguera e indiferencia frente a las recaídas y pecados de ambas partes, pero también lo contrario de toda indignada inculpación y reparto de golpes al tomarlos en consideración.

 

Karl Barth

Karl Barth

 

«Llevar» consiste en apoyarse todos unos a otros, cargando y encargándose del otro junto con las cargas de ambas partes, como compañeros en un camino que han iniciado juntos y que sólo juntos pueden seguir y rematar. «Llevar» supondrá también necesariamente descubrir la viga en el ojo propio y encontrarla mucho más interesante que la paja en el ojo del hermano.

 

Con ello se consigue que circule el aire entre unos y otros, mientras que todo lo demás sólo puede conducir a la asfixia. Con ello no cambia todo, pero sí algo. Al llevar mutuamente sus cargas, hacen en lo pequeño y particular lo que Él ha hecho y hace en lo grande y general, Él en cuanto Hijo de Dios y Salvador absoluto.

 

– Karl Barth

Julio Cortázar sobre la lectura con música

Jamás he podido leer escuchando música, y ésta es una cuestión bastante importante, porque tengo amigos de un nivel intelectual y estético muy alto para quienes la música, que en ciertas circunstancias puedan escuchar concentrándose, es al mismo tiempo una especie de acompañamiento para sus actividades. Esto lo comprendo muy bien en el caso de los pintores: tengo amigos pintores que pintan con un disco de fondo o la radio. Pero en el caso de la lectura, yo creo que no se puede leer escuchando música porque eso supone un doble desprecio o un desprecio unilateral: o se desprecia la música o se desprecia lo que se está leyendo. La música es un arte tan absoluto, tan total como la literatura, y el música exige que se la escuche a full time lo mismo que cualquier de nosotros cuando escribimos.
Julio-Cortázar

 

Personalmente me apenaría, me decepcionaría, enterarme de que alguien a quien estimo intelectualmente ha leído un libro de cuentos míos al mismo tiempo que estaba escuchando una fuga de Bach o una ópera de Bertolt Brecht. En cambio puede, sí, leer mientras espero en aeropuerto o a alguien en un café, porque ésos son los vacíos, los tiempos huecos que uno no ha buscado por vida, digamos, te condenan de golpe a media hora de espera; y entonces, tener un libro en el bolsillo y concentrarse en él, en ese momento, por un lado anula el tiempo del reloj y, por otro lado, te crea una sensación de plenitud. Y no es esa especia de mala conciencia que, también por deformación intelectual, tengo yo, en el sentido de que si me paso más de diez minutos sin hacer algo, sea lo que sea, tengo la impresión de que soy ingrato con ese hecho maravilloso que es estar viviendo, tener ese privilegio de la vida. Y es algo que siento cada vez más, mientras mi vida se acorta y va llegando a su término ineluctable, si me permitís la palabra tan cursi.

De la entrevista de Sara Castro-Klarén: “Julio Cortázar, lector”.

En un café de Retiro

 

Hace poco fui a tomar un café con unos amigos después de visitar la Villa 31 de Retiro. Detrás de todo es una asociación civil sin fines de lucro que trabaja para promover la inclusión e igualdad de oportunidades. Me gustó mucho conocer su trabajo y en agradecimiento, quería compartir esta reflexión de Ernesto Sabato de sus memorias, Antes del fin.

—–

Ernesto-SabatoFue en un café de Retiro donde te acercaste a pedir unas monedas y yo te pregunté si querías sentarte. Eras uno de esos tantos que mendigan su inocencia como ángeles excluidos de algún cielo perverso y extraño. Desde luego, no me conocías, y me reconfortó compartir el encuentro. Porque vos, con tu corta edad, llevabas la mirada envejecida por esas atrocidades que, en breve tiempo, realizan en el cuerpo y el alma la devastación que traen los años.

Cuando en algunas oportunidad he vuelto al mismo café, te he buscado con el deseo de saludarte. Ya no estabas, pero te descubro en otros chicos, cuando al regresar de noche a casa, los veo hurgar entre las bolsas de basura, hundiendo en la inmundicia sus pequeñas manos, destinadas a los columpios y a las callecitas. Y no sé por qué, entonces, pienso en Rimbaud. Quizá, porque también él pertenecía a la raza de los que cantan en el suplicio. Rimbaud, que en las calles de París se alimentaba con los mendrugos que sacaba de la basura, y que dormía por las noches acurrucado en los portales. Recordé sus palabras: “La verdadera vida está ausente”.

Y encerrado en este viejo estudio, sentado al borde de la cama, vuelvo a ver el dibujito de la casa que me regalaste, y que no supuse que era la casa de tus sueños, con flores, pequeñas ventanas y cortinas, con una gran chimenea en el centro que largaba humo de colores, toda esa magia encantatoria de los niños que ni la miseria pareciera borrar.

He estado escribiendo estas líneas que probablemente nunca leerás; querría resguardarte de alguna manera. ¡Qué horror, el mundo!

— Ernesto Sabato, Antes del fin (1998)

Los hombres no son islas

Aquí les comparto una reflexión de Thomas Merton que me gusta mucho. Se encuentra en su libro, Los hombres no son islas.

 

Thomas Merton teologia y filosofia

Thomas Merton

Comenzamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y los accidentes de nuestra vida, únicamente cuando nos vemos en nuestro verdadero contenido humano, como miembros de una raza que está proyectada para ser un organismo y un «cuerpo.» Mis logros no son míos: el camino para llegar a ellos fue preparado por otros.

El fruto de mis trabajos no es mío, pues yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Tampoco mis fracasos son míos, sino que pueden derivar del fracaso de otros, aunque también están compensados por las realizaciones de esos otros. Por tanto, el significado de mi vida no debe buscarse únicamente en la suma total de mis realizaciones. Sólo puede verse en la integración total de mis logros y fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad, y mi época. Pueden verse, sobre todo, en mi integración dentro del misterio de Cristo. . . .

Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago también para ellos, con ellos y para ellos. Lo que hacen, lo hacen en mí, por mí y para mí. Con todo, cada uno de nosotros es responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco. Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer lugar, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación de uno mismo, la acción y la contemplación, . . . la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido si no está en relación con la realidad central, que es el amor de Dios que vive y actúa en aquellos a quienes Él ha incorporado en Cristo. Nada, absolutamente nada tiene sentido si no admitimos, como John Donne, que «los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del Todo.»

 

Thomas Merton. (1966). Los hombres no son islas. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

Jesús: ¿El hombre más inteligente?

Cuando hablamos de los grandes pensadores de la humanidad, mencionamos a Platón, Sócrates, René Descartes entre otros. Al analizar cada caso, respetamos su capacidad no sólo para pensar, sino también para comunicar una idea o ideología. Son personas que han tomado tiempo para reflexionar, probar ideas y compartir sus conclusiones a través de la escritura.

 

Los grandes pensadores de la historia han formulado filosofías, otros han hallado importantes descubrimientos científicos otros han orquestado sinfonías emocionantes. Cada uno ha tenido su inteligencia y lo han sabido desarrollar para el bien de la humanidad.

 

Ahora me pregunto, cuando mencionamos los grandes pensadores y maestros, ¿por qué muy pocas veces hablamos de Jesús? No hay dudas que la mayoría de las personas admiran sus enseñanzas éticas. Incluso, muchos que niegan su divinidad, llamándole mentiroso, dan un gran valor a la vida moral que promovía. Sin embargo, pocos afirman que Jesús fue un hombre inteligente.

 

Lamentablemente, en nuestra sociedad hoy en día, la inteligencia se entiende en parte como un rechazo a lo sobrenatural. Algunos dicen, «¿Cómo podemos nosotros, en una época de tecnología y ciencia, creer en un hombre que andaba sanando gente y que supuestamente se resucitó?» Nuestra sociedad señala a la inteligencia de las personas escépticas que afirman sólo lo que puede ser empíricamente comprobado. Hay que verlo para creerlo.

 

Jesús pasó unos tres años de su ministerio señalando verdades espirituales y llamando a una vida diferente basada en una relación con su Padre. ¿Será por eso que el mundo no le estima? ¿Por eso la gente no le reconoce a Jesús como un ser inteligente?

 

El filósofo cristiano Dallas Willard escribe, «puede estar seguro que nada fundamental ha cambiado en nuestro conocimiento acerca de la última realidad y del ser humano desde el tiempo de Jesús.» Y no sólo eso, la enseñanzas de Jesús acerca del ser humano y la última realidad no tendrán coherencia con las filosofías que se propagan hoy en día – no por su antigüedad, sino por su naturaleza.

 

Jesús señala verdades espirituales. Jesús, sintonizado con el Padre revela la verdad acerca de nuestra vida en este mundo. Willard continua diciendo, «nuestro compromiso con Jesús no puede apoyarse en otro fundamento que reconocer que él es quien conoce la verdad acerca de nuestras vidas y nuestro universo. No es posible creer a Jesús, ni a nadie más, en áreas en los cuales no le creemos competente. No podemos pedir su ayuda y confiar en su colaboración con nuestras vidas si sospechamos que sobrepasarán su conocimiento o sus habilidades.»

 

¿Podríamos creer a un Señor que nos parece poco listo? ¿Podríamos someternos a un Señor que está poco informado acerca de la realidad del universo? No podríamos tomar en serio a Jesús si no pensábamos que realmente estuviera bien informado de todo, el ser más inteligente que jamás ha vivido.

 

La Biblia dice que el mundo fue creado a través de Jesús y que por él todas las cosas subsisten (Colosenses 1:17). Pablo escribe que en Jesús están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Colosenses 2:3).

 

Pensemos. Jesús supo transformar la estructura molecular para convertir agua en vino. Jesús supo multiplicar cinco panes y dos peces para alimentar más de cinco mil personas. No debería sorprendernos que al ver estas cosas, la gente le querían poner como rey de Israel.

 

Jesús supo sanar el cuerpo humano y hasta supo como revivir un muerto. Jesús supo como suspender la gravedad, interrumpir el clima y eliminar árboles que no daban fruto sólo con sus palabras.

 

En cuanto a la ética, nos ha dado un mayor entendimiento de la vida que ha influenciado el mundo más que cualquier otro. Su muerte no fue impuesta, él se entregó voluntariamente sabiendo que iba a resucitar de la muerte. Jesús dijo: «Entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla» (Juan 10:17-18).

 

Todas estas cosas muestran que Jesús tuvo un dominio sobre toda faceta de la realidad: la física, la moral y la espiritual. Alguien que no puede reconocer el hecho que «Jesús fue el más inteligente,» el más grande pensador, el mayor conocedor de la realidad, difícilmente podrá reconocer que «Jesús es Señor».

 

¡Jesús no sólo es simpático, es brillante! Él es el hombre más inteligente que haya pisado la tierra. Jesús siempre fue, es y para siempre será (Apocalipsis 1:8). Siempre ha tenido la mejor información en cuanto a nuestra existencia aquí en la tierra. Sólo él tiene palabra de vida.

Fuente: Dallas Wilard, The Divine Conspiracy: Rediscovering Our Hidden Life in God. New York City: Harper Collins, 1997.

Efesios 1:3-14 personalizado

Cambié los pronombres de primera persona plural (nosotros) a primera persona singular (yo) para personalizar el pasaje. Aunque el autor se dirige a la iglesia como un cuerpo (nosotros), también es un buen ejercicio ver que también Dios se relaciona con cada uno como individuos (yo). Espero que este pequeño ejercicio sea de bendición para todos. Dios les bendiga.

 

Alabado sea Dios, Padre de mi Señor Jesucristo, que me ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios meescogió en él antes de la creación del mundo, para que fuera santo y sin mancha delante de él. En amor me predestinó para ser adoptado como hijo suyo por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que me concedió en su Amado. En él tengo la redención mediante su sangre, el perdón de mispecados, conforme a las riquezas de la gracia que Dios me dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento. Él me hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.

 

En Cristo también fui hecho heredero, pues fui predestinado según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que yo, que ya he puesto mi esperanza en Cristo, seapara alabanza de su gloria. En él también, cuando  el mensaje de la verdad, el evangelio que me trajo la salvación, y lo creífui marcado con el sello que es el Espíritu Santo prometido. Éste garantiza mi herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.

 

Efesios 1:3-14 NVI

Jesús, nuestra piedra de Rosetta

Aléjese por un instante para contemplar el punto de vista de Dios. Como espíritu que no está atado al tiempo y al espacio, él ha tomado de vez en cuando objetos materiales – como una zarza ardiente o una columna de fuego – para hacer obvia su presencia en el planeta tierra. Cada una de esas veces, ha adoptado el objeto con el fin de presentar el mensaje, como el actor que se pone una máscara y después sigue adelante. En Jesús, sucedió algo nuevo: Dios se convirtió en una de las criaturas del planeta, suceso sin paralelo, inaudito, único en el sentido más pleno de la palabra.

 

El Dios que llena el universo hizo implosión para convertirse en un niño pobre que, como todos los niños que han vivido, tuvo que aprender a caminar, hablar y vestirse. En la Encarnación, el Hijo de Dios se «imposibilitó» a sí mismo deliberadamente, cambiando su omnisciencia por un cerebro que tuvo que aprender el arameo un fonema tras otro; su omnipresencia por dos piernas y un asno de vez en cuando; su omnipotencia por unos brazos lo suficientemente fuertes para aserrar madera, pero demasiado débiles para defenderse. En lugar de supervisar un centenar de miles de millones de galaxias al mismo tiempo, se tuvo que limitar a un estrecho callejón de Nazaret, un montón de piedras en el desierto de Judea o una atestada calle de Jerusalén.

 

Gracias a Jesús, ya no tenemos que volvernos a preguntar si es cierto que Dios quiere tener intimidad. ¿Quiere Dios realmente perder el contacto con nosotros? Jesús renunció el cielo para tenerlo. Él en persona restableció el enlace original entre Dios y los seres humanos; entre el mundo visible y el invisible.

 

En una excelente analogía, H. Richard Niebuhr compara la revelación de Dios en Cristo con la piedra de Rosetta. Antes de su descubrimiento, los egiptólogos solo podían tratar de adivinar el significado de los jeroglíficos. Un día inolvidable, descubrieron una piedra negra que presentaba el mismo texto en griego, en la escritura del pueblo egipcio y en jeroglíficos anteriormente imposibles de descifrar. A base de comparar las traducciones entre sí, llegaron a dominar los jeroglíficos y pudieron contemplar con claridad un mundo del que solo habían tenido un conocimiento nubloso. Niebuhr dice después que Jesús nos permite «reconstruir nuestra fe». Podemos confiar en Dios porque confiamos en Jesús. Si dudamos de Dios, o lo encontramos incomprensible, imposible de conocer, la mejor de todas las curas consiste en mirar fijamente a Jesús, la piedra Rosetta de la fe.

 

Philip Yancey

Alcanzando al Dios invisible (145-49)