A Safe Place for Others

When we are free from the need to judge or condemn, we can become safe places for people to meet in vulnerability and take down the walls that separate them. Being deeply rooted in the love of God, we cannot help but invite people to love one another. When people realise that we have no hidden agendas or unspoken intentions, that we are not trying to gain any profit for ourselves, and that our only desire is for peace and reconciliation, they may find the inner freedom and courage to leave their guns at the door and enter into conversation with their enemies.

Many times this happens even without our planning. Our ministry of reconciliation most often takes place when we ourselves are least aware of it. Our simple, nonjudgmental presence does it.

— Henri Nouwen

Todo cambia

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente

Y lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.

– Julio Numhauser, chileno.

True Christianity

How comes it that saints are still looked upon as a class apart instead of being normal examples of membership of the church? The answer to that question is to be found in the cost of sainthood. It cannot be too often or too clearly proclaimed that Christianity is something for which a big price has to be paid. When all around us the air is full of vague rumors of a new-found faith which is free of effort and tolerant of everything save toil and pain, it is time to speak out boldly and to say that true Christianity is the most costly possession in the world, that it still knows but one road, which leads over Calvary, and still has but one symbol, which is a cross. If a saint is one who approximates to the life of Christ, it is self-evident that he is one who suffers in the endeavor to come to God. There were many ways in which our Lord could have saved the world, but he was limited in his choice, for God can but choose “the best,” and the way he chose was the way of suffering, of hard discipline, and severe tests. The man and the woman who are not prepared to pay this price cannot attain the profession of sainthood to which they are called.

– R. Somerset Ward

El verdadero cristianismo

¿Cómo es que los santos se ven como clase aparte en vez de un ejemplo normal para los miembros de la iglesia? La respuesta a ésta pregunta se encuentra en el costo de la santidad. No se puede proclamar con demasiada claridad y frecuencia que el cristianismo es algo por lo cual hay que pagar un alto costo. Cuando soplan vientos de rumores que dicen haber hallada una nueva fe, libre de esfuerzo y tolerante de todo menos labor y dolor, es hora de denunciarla y decir que el verdadero cristianismo es la posesión más costosa en el mundo y que conoce un solo camino, el que pasa por el Calvario y aún tiene su único símbolo que es la cruz. Si un santo es alguien que se aproxima a la vida de Cristo, es evidente que es alguien que sufre por el hecho de llegar a Dios. Habían muchas maneras que Dios pudo haber salvado al mundo, pero fue limitado en su decisión, porque Dios sólo puede escoger “lo mejor,” y el camino que Él escogió fue el camino de sufrimiento, de la dura disciplina y severas pruebas. El hombre y la mujer quienes no están preparados para pagar el precio no pueden alcanzar la profesión de la santidad a la cual han sido llamados.

– R. Somerset Ward

Día de acción de gracias

Hoy en los Estados Unidos mi familia se va a reunir para comer y dar gracias a Dios. Hoy es el Día de acción de gracias en mi país natal. Es un día para celebrar en familia las bendiciones de Dios y darle gracias. Para muchos, este día es quizás más importante para la familia que el 31 de diciembre.

Este año no me puedo reunir con mi familia en Estados Unidos. De hecho, hace cuatro años que no he tenido la bendición de dar gracias a Dios desde la misma mesa con mi familia. Sin embargo, quería aprovechar este momento de reflexión para darles gracias a ustedes, mi familia en Sudamérica.

No es un secreto para nadie que no puedo visitar a mi familia con frecuencia. A pesar del saudade que me viene de vez en cuando, Dios es fiel en su promesa y me ha dado una nueva familia (Marcos 10:28-30). Quiero aprovechar este día de acción de gracias para agradecerle a Dios por su bondad y su fidelidad, por nunca dejarme solo y por siempre proveer por mis necesidades.

También quiero darles gracias a ustedes, mi nueva familia en Cristo Jesús. Aunque esté lejos de mi familia de sangre, yo sé que puedo contar con ustedes. No sólo eso, he aprendido mucho de ustedes, de su cultura y más importante de su amor para con Dios.

Que Dios los bendiga ricamente. ¡Los quiero mucho! Los dejo con uno de mis salmos favoritos.

Salmo de acción de gracias.

Aclamen alegres al Señor, habitantes de toda la tierra;
Adoren al Señor con regocijo.
Preséntense ante Él con cánticos de júbilo.
Reconozcan que el Señor es Dios;
Él nos hizo, y somos suyos.
Somos su pueblo, ovejas de su prado.
Entren por sus puertas con acción de gracias;
Vengan a sus atrios con himnos de alabanza;
Denle gracias, alaben su nombre.
Porque el Señor es bueno y su gran amor es eterno;
Su fidelidad permanece para siempre.

Salmo 100 (NVI)

Homesick Missionary

Ten Ways You Know You Are a “Homesick” Missionary

Homesick is in quotes because right now I’m homesick for Denver. Once I’m “home” in Denver, then I will miss my “home” in Caracas and I’ll become “homesick” for my other “home.” Either way, I’m just a poor wayfaring stranger homesick for my heavenly home. I hope my list makes you laugh and realize that “home” is really where God calls you to be, whether it’s here, there or in Timbuktu. Enjoy!

You know you’re a “homesick” missionary when . . .

1. You look up the house where you grew up more than once a month on Google Earth.

2. You’ll pay just about anything for an obtusely small jar of peanut butter.

3. You start pulling out your sweaters even though it’s 95 degrees outside.

4. You make a special effort to brush up on your English for the trip “home.”

5. You pull out those American flags you stored away in the closet to put them on display.

6. You start dreaming about Wal-Mart and Sam’s Club conveniences.

7. You smell imaginary doughnuts when you wake up on Saturday morning.

8. You get nostalgic every time you go to the mall and hear cheesy 80’s music.

9. You start reading CNN and the New York Times to catch up on what’s go on since you left.

10. You realize that life at “home” has gone on without you, but you’re thankful for where you live and what you are doing.

Value of true humility

It is almost impossible to overestimate the value of true humility and its power in the spiritual life. For the beginning of humility is the beginning of blessedness and the consummation of humility is the perfection of all joy. Humility contains in itself the answer to all the great problems of the life of the soul. It is the only key to faith, with which the spiritual life begins: for faith and humility are inseparable. In perfect humility all selfishness disappears and your soul no longer lives for itself or in itself for God: and it is lost and submerged in Him and transformed into Him.

Thomas Merton, New Seeds of Contemplation

No somos islas

Comenzamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y los accidentes de nuestra vida, únicamente cuando nos vemos en nuestro verdadero contenido humano, como miembros de una raza que está proyectada para ser un organismo y un “cuerpo.” Mis logros no son míos: el camino para llegar a ellos fue preparado por otros.

El fruto de mis trabajos no es mío, pues yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Tampoco mis fracasos son míos, sino que pueden derivar del fracaso de otros, aunque también están compensados por las realizaciones de esos otros. Por tanto, el significado de mi vida no debe buscarse únicamente en la suma total de mis realizaciones. Sólo puede verse en la integración total de mis logros y fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad, y mi época. Pueden verse, sobre todo, en mi integración dentro del misterio de Cristo. . . .

Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago también para ellos, con ellos y para ellos. Lo que hacen, lo hacen en mí, por mí y para mí. Con todo, cada uno de nosotros es responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco. Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer lugar, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación de uno mismo, la acción y la contemplación, . . . la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido si no está en relación con la realidad central, que es el amor de Dios que vive y actúa en aquellos a quienes él ha incorporado en Cristo. Nada, absolutamente nada tiene sentido si no admitimos, como John Donne, que “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del Todo.”

 

Los hombres no son islas

Thomas Merton

Changed by the World

The following blog post was written by Sam Shewmaker, former Harding professor or missions and missionary to Rwanda, Africa. I copied it from his blog on the Missional Outreach Network.

 

“Changing the world” is a slogan I heard often during the years I taught missions at a place called Harding University. We had a lot of the younger generation who wanted to ‘make a difference’ in the world and I wondered how long that idealism would last. Best I remember we figured about 18 to 20% of the mission interns we sent out each summer actually returned later to serve full-time in missions for at least two years outside the United States. Not to shabby, maybe.

So whatever happened to the other 80%? Well, I don’t know but I still pray that the seeds planted will yet bear fruit. Oh sure, some went just to see the world, to check off another continent on a tax-free air ticket, been there, done that. But others saw the world with spiritual eyes and returned home changed people… changed by the world.

The world starts at your doorstep or maybe closer. And changing it starts inside of you! Changing your value (or obsession) with safety, overcoming your dread of ‘the world.’ Being willing to live a transformed life before the world, and so earning the credibility to share the transforming message.

Some are pretty good at changing the world from afar, emailing World Bible School lessons or writing cogent missional blog posts. But most people need to see a real, live example of a transformed life lived before them. More of us need to get down and dirty ‘in the world’, living among those who need change and to be changed, entering in to the suffering of a hurting world; being incarnational, not just thinking and writing about it.

Come on World Changers… lift up your eyes… and look across the street… down the block … or around the world! And Go!

Lo que más importa

“Lo que más importa es cómo te ves a ti mismo.” Al revisar el perfil de un hermano de la iglesia encontré esa imagen. Suena bien, ¿verdad? ¡No importa lo que piensan los demás de mí! ¡Yo sé que soy buena gente y eso es lo que importa!

 Creo que como cristianos podemos fácilmente caer en la trampa de pensar que “lo que más importa es cómo te ves a ti mismo.” La escritura deja claro que ese tipo de pensamiento es engaño de Satanás. El hombre, sin Dios, no es capaz de reconocer su propia maldad. Necesitamos conocer a Dios y Su plan para nuestras vidas para darnos cuenta de nuestras fallas.

Uno de las artimañas más empleadas por Satanás es el orgullo. Ese pecado no nos permite vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Si no tomamos en cuenta la Palabra de Dios, fácilmente podríamos vernos como perfectos, o con muy pocos defectos. Podríamos creernos muy fuertes cuando en realidad somos débiles.

Cuando Dios nos dice que somos hijos de él (1 Juan 3), podemos dejar a un lado la percepción que tenemos de nosotros mismos. No hace falta un espejo ni un psicólogo para ayudarnos a descubrir quienes somos y de qué somos capaces. Somos hijos del Rey. Si es así, realmente no importa si somos fuertes o no porque Dios muestra su gran poder en nuestra debilidad. No importa si somos inteligentes porque nuestro Padre Dios es el autor de toda inteligencia y la sabiduría viene de él.

Mensajes como “lo que más importa es cómo te ves a ti mismo” son sencillamente filosofías humanitas y por lo tanto, no provienen de Dios ni de Su Palabra. Deberíamos cuidarnos. Suena bien, ¿verdad? Pero no está bien.

Lo que más importa es cómo Dios te ve.