Jesus, Our Rosetta Stone

Step back for a moment and contemplate God’s point of view. A spirit unbound by time and space, God had borrowed material objects now and then – a burning bush, a pillar of fire – to make an obvious point on planet Earth. Each time, God adopted the object in order to convey a message and then moved on. In Jesus, something new happened: God became one of the planet’s creatures, an event unparalleled, unheard-of, unique in the fullest sense of the word.

 

The God who fills the universe imploded to become a peasant baby who, like every infant who has ever lived, had to learn to walk and talk and dress himself. In the incarnation, God’s Son deliberately “handicapped” himself, exchanging omniscience for a brain that learned Aramaic phoneme y phoneme, omnipresence for two legs and an occasional donkey. Instead of overseeing a hundred billion galaxies at once, he looked out on a narrow alley in Nazareth, a pile of rocks in the Judean desert, or a crowded street of Jerusalem.

 

Because of Jesus we need never question God’s desire for intimacy. Does God really want close contact with us? Jesus gave up Heaven for it. In person he reestablished the original link between God and human beings, between seen and unseen worlds.

 

In a fine analogy, H. Richard Niehubr likened the revelation of God in Christ to the Rosetta stone. Before its discovery scholars could only guess at the meaning of Egyptian hieroglyphics. One unforgettable day they uncovered a dark stone that rendered the same text in three different languages. By comparing the translations side by side, they mastered hieroglyphics and could now see clearly into a world they had known only in a fog.

 

Niebuhr goes on to say that Jesus allows us to “reconstruct our faith.” We can trust God because we trust Jesus. If we doubt God, or find him incomprehensible, unknowable, the very best cure is to gaze steadily at Jesus, the Rosetta stone of faith.

Philip Yancey
Reaching for the Invisible God (135-39)

Jesús, nuestra piedra de Rosetta

Aléjese por un instante para contemplar el punto de vista de Dios. Como espíritu que no está atado al tiempo y al espacio, él ha tomado de vez en cuando objetos materiales – como una zarza ardiente o una columna de fuego – para hacer obvia su presencia en el planeta tierra. Cada una de esas veces, ha adoptado el objeto con el fin de presentar el mensaje, como el actor que se pone una máscara y después sigue adelante. En Jesús, sucedió algo nuevo: Dios se convirtió en una de las criaturas del planeta, suceso sin paralelo, inaudito, único en el sentido más pleno de la palabra.

 

El Dios que llena el universo hizo implosión para convertirse en un niño pobre que, como todos los niños que han vivido, tuvo que aprender a caminar, hablar y vestirse. En la Encarnación, el Hijo de Dios se «imposibilitó» a sí mismo deliberadamente, cambiando su omnisciencia por un cerebro que tuvo que aprender el arameo un fonema tras otro; su omnipresencia por dos piernas y un asno de vez en cuando; su omnipotencia por unos brazos lo suficientemente fuertes para aserrar madera, pero demasiado débiles para defenderse. En lugar de supervisar un centenar de miles de millones de galaxias al mismo tiempo, se tuvo que limitar a un estrecho callejón de Nazaret, un montón de piedras en el desierto de Judea o una atestada calle de Jerusalén.

 

Gracias a Jesús, ya no tenemos que volvernos a preguntar si es cierto que Dios quiere tener intimidad. ¿Quiere Dios realmente perder el contacto con nosotros? Jesús renunció el cielo para tenerlo. Él en persona restableció el enlace original entre Dios y los seres humanos; entre el mundo visible y el invisible.

 

En una excelente analogía, H. Richard Niebuhr compara la revelación de Dios en Cristo con la piedra de Rosetta. Antes de su descubrimiento, los egiptólogos solo podían tratar de adivinar el significado de los jeroglíficos. Un día inolvidable, descubrieron una piedra negra que presentaba el mismo texto en griego, en la escritura del pueblo egipcio y en jeroglíficos anteriormente imposibles de descifrar. A base de comparar las traducciones entre sí, llegaron a dominar los jeroglíficos y pudieron contemplar con claridad un mundo del que solo habían tenido un conocimiento nubloso. Niebuhr dice después que Jesús nos permite «reconstruir nuestra fe». Podemos confiar en Dios porque confiamos en Jesús. Si dudamos de Dios, o lo encontramos incomprensible, imposible de conocer, la mejor de todas las curas consiste en mirar fijamente a Jesús, la piedra Rosetta de la fe.

 

Philip Yancey

Alcanzando al Dios invisible (145-49)

La amistad íntima con Jesús

¿Qué te puede dar el mundo sin Jesús? Vivir sin Jesús es un duro infierno y estar con Jesús es un dulce paraíso. Si Jesús está en ti ningún enemigo te podrá dañar.

 

El que halla a Jesús encuentra un rico tesoro, el más precioso de todos, y el que pierde a Jesús pierde algo más excelente que todo el mundo. Muy pobre es el que vivir sin Jesús y riquísimo el que está con él.

 

Saber conversar con Jesús es un arte grande y saber poseerlo una gran sabiduría. Sé humilde y pacífico y Jesús estará contigo; sé devoto y tranquilo y Jesús permanecerá contigo.

 

Si te inclinas hacia las cosas exteriores [materiales], puedes alejar pronto de ti a Jesús, y si le destierras de ti y lo pierdes, ¿a quién irías? ¿A quién buscarás como amigo?

 

Sin amigo, no se puede vivir contento, y si Jesús no es tu amigo predilecto, estarás muy triste y desconsolado. Neciamente obras, pues, si confías y te alegras en cualquier cosa. Es preferible tener todo el mundo contrario que ofender a Jesús. Por lo tanto, entre todos los que aprecias, sea Jesús el que amas en modo especial.

 

Ama a todos por amor de Jesús, y a Jesús por sí mismo. Solamente a Jesús se le ha de amar en modo particular, porque es el único bueno y fiel entre todos los amigos.

 

Por él y en él debes amar a los amigos y a los enemigos, y rogar por todos para que todos lo conozcan y lo amen.

 

Nunca codicies ser particularmente alabado y ensalzado, porque eso sólo le pertenece a Dios, que no tiene semejante. Tampoco quieras ocupar el corazón de alguien o que alguno ocupe el tuyo. Que únicamente Jesús esté en ti y en todo hombre bueno.

 

Tomás de Kempis en La imitación de Cristo

Nuestra identidad en Cristo

Muchos cristianos al caer en pecado dicen, “bueno, pero a pesar de ser ya hijo de Dios, sigo siendo pecador. Todos somos pecadores.” ¿Será verdad?

Ciertamente, antes de ser salvos por la gracia de Dios, éramos pecadores. ¿Pero seguimos siendo pecadores? Muchas veces cuando pecamos, el hecho que apelamos a nuestra naturaleza de pecadores es como una excusa para quitarnos un poco el sentido de la culpabilidad. Es cuando realmente entendemos la obra de Cristo en la cruz para nosotros, que nos damos cuenta que ya no somos pecadores. Ya somos hijos amados de Dios.

Pecamos, sí, cuando deliberadamente elegimos el pecado. Pero el pecado ya no reina en nosotros como antes. Ya no tiene dominio sobre nosotros. Cuando pecamos, vivimos como si fuéramos pecadores. Cuando pecamos estamos negando nuestra verdadera identidad en Cristo Jesús. ¡Ya somos una nueva criatura! El pecado ya no nos caracteriza. Al decir que somos pecadores, negamos la obra de Cristo en nosotros.

Obviamente no dejamos nuestra naturaleza de pecadores atrás por nuestro propio mérito, sino por el mérito de Cristo. Revisan aquí las citas bíblicas para entender nuestra identidad en Cristo. Y jamás digamos que somos pecadores. Aunque pecamos, ya no andamos en tinieblas controlados por el pecado. Ya somos hijos muy amados de Dios.

Soy hijo de Dios – Juan 1:12

Yo he sido justificado y estoy en paz con Dios – Romanos 5:1

Soy libre de condenación – Romanos 8:1

Estoy vivo junto con Jesús – Colosenses 2:13

Yo no puedo estar separado del amor de Dios – Romanos 8:38-39

Estoy sentado con Cristo en las regiones celestiales – Efesios 2:4, 6

El Espíritu de Dios vive en mí – Romanos 8:9

Jesús es mi vida – Colosenses 3:4

Estoy siendo transformado a la semejanza de Cristo – 2 Corintios 3:18

¡Que Dios les bendiga!