Cristianos de toda la vida

Los cristianos de toda la vida son aquellos que nacen a padres cristianos, son criados en un hogar cristiano y reciben las enseñanza bíblica junta con la papilla. A veces se les hace difícil contar la historia de su conversión ya que fueron criados desde chicos con una conciencia de su pecado y de su  necesidad de Jesús como Señor y Salvador. Sabían que en un momento se iban a bautizar y sabían que más adelante, iban a seguir formando parte del pueblo de Dios.

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Lo que no sabían era que venían dificultades, pruebas y grandes desafíos. Si bien los padres pueden modelar su fe para sus hijos, no pueden regalar ni heredar su fe. La fe debe ser aceptada o rechazada por cada generación. Cada generación es responsable por su propia aceptación y obediencia a la voluntad de Dios.

¿Qué fue lo que pasó en el camino? Las pruebas y los grandes desafíos los desorientaron. La escuelita bíblica no los preparó para enfrentar semejantes desafíos. No habían aprendido acerca de cómo enfrentar una crisis de identidad o cómo colaborar con el Espíritu para que muriera en ellos toda inclinación hacia el mal.

Entonces, ¿qué pasó? Se alejaron. Fueron en búsqueda de respuestas lejos del pueblo de Dios. Con una mezcla de rebeldía juvenil y arrogancia, pensaron que habían agotado los recursos espirituales que tenían a la mano. Veían a los hermanos como maestros y maestras de la escuelita, no como consejeros. Y peor aún, veían a Jesús como el protagonista de las historias de su niñez pero no como la encarnación del Dios invisible entre los hombres.

Su fe quedó estancada. Su fe no siguió creciendo con ellos. Se recibieron del colegio pero su fe no se recibió con ellos. Llegaron a pensar que habían aprendido todo lo que se podía. No profundizaron. No meditaron. Dejaron de asombrarse delante del Dios vivo.

Vos, cristiano de toda la vida, ¿Tu fe de niño no sostiene ahora tu vida espiritual? ¡Menos mal! Lo que aprendiste de chico fue para prepararte para mayor aprendizaje y crecimiento más adelante. Más bien, deberías preocuparte si siendo grande, mantenés el entendimiento de un niño. C.S. Lewis tenía razón: “Dios quiere el corazón de un niño pero la cabeza de un adulto”.

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